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Diego Maradona, un fanático del boxeo (Foto: Reuters)
Diego Maradona, un fanático del boxeo (Foto: Reuters) (ENRIQUE MARCARIAN/)

Había asombro infantil en su mirada esdrújula cuando entró al ring side del Caesar’s. Luego, tras observar hacia uno y otro lado con las manos en los bolsillos de su ajustado jean negro, los labios superpuestos de sorpresa y un constante meneo aprobatorio de la cabeza, confirmó que aquel mundo imaginado existía, que no era abstracto.

Sugar Ray Leonard y Tommy Hearns estaban a punto de subir al ring para disputar el combate esperado: la corona mundial unificada de los pesos welter. Y una vez que Diego, su padre y Jorge Cyszterpiller tomaron asiento, se completaron las 24.162 butacas disponibles en un escenario tubular levantado especialmente dentro del famoso hotel.

Ese miércoles 16 de septiembre de 1981 Las Vegas soportaba 35° a la sombra y cerca de 40° en el estadio. Maradona se había comprado por 30 dólares en la tienda del merchandising de la pelea, una gorrita con la inscripción Leonard- Hearns. Y la lucía satisfecho y sereno pues nadie había reparado en su presencia; resultaba desconocido para el gran público de aquella velada en la cual un convoy de célebres vanidades movilizaban con ansiedad a los imparables paparazzi. La televisión paneaba con dinámica asiduidad los rostros y gestos de John Mc Enroe, Vitas Gerulaitis, Dean Martin, Burt Reynolds, Muhammad Alí, Paul Anka, Donna Summer, Marvin Hagler, Liza Minelli y Jack Nicholson, entre otros…

Todo cuanto debí hacer por él fue retirarle el sobre con las entradas que habían sido reservadas y abonadas por alguien vinculado al club Barcelona. Podría intuirse tal actitud como una gentileza del club en el cual Diego sería presentado ocho meses después y que preanunciaba el acuerdo. Pero la discreción requerida fue respetada… hasta hoy.

Hearns vs. Leonard, el mejor regalo de Diego para su padre, a quien llevó al ring side en Las Vegas.
Hearns vs. Leonard, el mejor regalo de Diego para su padre, a quien llevó al ring side en Las Vegas. (Focus On Sport/)

Maradona mostraba en su rostro fresco y su mirada buena la alegría del arcángel custodio de la felicidad de su padre, Don Diego, gran amante del boxeo. Y Jorge, el amigo de siempre, compartía aquel momento de esperado disfrute.

Antes de que Leonard y Hearns subieran al cuadrilátero para consumar una pelea inolvidable, Diego tuvo tiempo de explicar que estaba allí pues se había “lesionado” en la lluviosa tarde del 13 de septiembre durante el primer partido que Boca –último campeón– le había ganado a Unión por 1-0 con gol de Cacho Cordoba en la inauguración del torneo Gral José de San Martin. Y puesto que se había “lesionado” no jugaría en la 2° fecha ante Atlético en Tucumán –0-1 con gol de Victor Hugo Palomba–, encuentro en el cual el técnico Silvio Marzolini lo reemplazaría por el Flaco Gareca. Esta inactividad –obviamente programada– le permitió cumplirle un sueño a su padre: llevarlo a Nueva York, también a Las Vegas para ver la maravillosa pelea y finalmente a Disneylandia en Anaheim, California.

En los asiento F, J y K de la 3° fila sector North 4, Diego, su padre y Jorge fueron vibrando al conjuro del inolvidable match. Entre el 1° y el 5° asalto lo vi a Maradona gritando por Leonard. Pero Hearns le metió tres ganchos que parecían precipitar el final. Todo el público se puso de pie ante el frenesí. Y Diego también pero alentando a Sugar Ray. En el 6° Don Diego y Maradona comenzaron a celebrar cuando Leonard, recuperado, comenzó a bailar entrando y saliendo del cuerpo de Hearns quien le llevaba dos cabezas de ventaja con su metro 85 de estatura. “¡Vamos Leonard, carajo!”, se le escuchó clarito en el 7° después de tres ganchos impecables a la mandíbula de Tommy. Y volvió a enloquecerse al ver a la Loise la madre de Hearns llegar hasta el rincón de su hijo y pedirle al público que lo alentara pues Leonard, estoicamente ya estaba emparejando la pelea. Don Diego sonreía, levantaba los brazos y también alentaba a Sugar Ray. Todo resultaba ensordecedor y frenético. El 8° y el 9° marcaron una tregua. Pero Leonard salió decidido a revertir el desarrollo llevándose por delante a Hearns. Y en el 13° lo tiró dos veces. El referí Dave Pearl no le contó equivocadamente en la primera, pero sí en la segunda que debió haber sido el final; no obstante le permitió continuar.

— ¿Qué pudo haber gritado Diego a voz en cuello con las venas a punto de explotar?; sí, exactamente:

— Referí chorro, ladrón, pará la pelea… ¿No ves que está muerto, ladronazo…?, dijo “dulcemente” un desorbitado Diego.

Maradona en la pelea Hearns-Leonard de 1981
Maradona estuvo en 1981 en la pelea junto con su padre y su representante (Crédito: Archivo de El Gráfico de Maximiliano Roldán)

Un hombre de la seguridad se acercó con severa actitud hasta la punta de la fila antes de comenzar el 14° round y Diego pidió disculpas con las manos antes de que llegara hasta él. Al mismo tiempo seguía alentando: “Vamos Sugar que lo tenés, vamos firme ahí con las dos manos…”, al tiempo que se ponía de pie y mostraba los ganchos cortos con sus propios puños.

El minuto y 42 segundos que duró lo que sería el último asalto fue la apoteosis del ataque. Leonard salió decidido a terminar. Desbordó la posibilidad vertical de Hearns y lo paseó desde el centro del ring hasta las cuerdas más lejanas. Así como en el round anterior sus descargas parecieron el producto de una cámara acelerada, ahora las imágenes configuraban el sí y el no, los lados de una moneda, la inequívoca sensación de un final cercano. Una izquierda en swing de Leonard tomó a Hearns contra las cuerdas cuando intentaba salir y el golpe pareció derretirlo. Con el puño derecho, Leonard, antes de asumir su última ofensiva, le decía al árbitro un no quitándole la chance de pararla. Pearl dejó seguir y cien golpes cayeron sobre la humanidad de Hearns. Finalmente, cuanto ya todo estaba terminado, el referí dijo basta.

— Y Diego, ¿te gustó?, ¿la disfrutaste?, ¿sabés que los tres jurados lo llevaban a Hearns arriba?, que afano hubiese sido, ¿no?, le pregunté mientras en el espacio aún se temblaba de emoción.

Y entonces Diego, apurado por ver si llegaba a tiempo para asistir a la segunda parte del show de Frank Sinatra, me respondió:

— Mirale la cara a mi viejo y vas a saber si estoy contento; mirale la cara a mi viejo, le cumplí un sueño… de cuando él escuchaba boxeo por radio en Fiorito. Mirá dónde estamos… nos dimos un abrazo y se fue.

Al llegar a Buenos Aires lo esperaba el clásico contra River –dirigido ya por Alfredo Di Stefano– que le ganaría a Boca en la Bombonera por 3-2 con dos goles de Kempes y uno de Jorge García; fue el domingo 27 de septiembre por la mañana pues por la tarde correría Reutemann en Canadá. A pesar de su gol a Fillol –Gareca hizo el segundo– Diego mostraba la pena de la derrota que mas duele. Unos días antes le había hecho realidad el sueño a su padre. Y unos días después, sería jugador del Barcelona.

Eran las bocanadas incesantes con las cuales Maradona se tragó la vida.

A Diego le encantaba el boxeo. Sabía verlo y le gustaba analizarlo pues sus fundamentos eran muy sólidos. Siempre sostuvo que el mejor de todos los que vio –él decía el mejor de todos nosotros– fue Carlos Monzón. Y en tal definición no prevalecía ningún tipo de empatía pues la primera vez que Diego vio a Carlos personalmente se llevó una pésima impresión.

Tal hecho ocurrió en el club nocturno Afrika a finales de los 70′. Diego había ido con Claudia –eran muy jovencitos– y Monzón compartía la mesa con amigas y amigos; todas ellas populares figuras de la televisión y el teatro de revistas. En un momento se pidió silencio pues comenzaría su show la estrella de la noche, la recordada y entrañable María Marta Serra Lima. Monzón, algo alegre por el champagne y por lo tanto desinhibido se puso de pie y ante el silencio sepulcral que aturdía tan distinguido lugar le gritó: “María Marta, canta ‘A mi manera’, dale, ‘A mi manera’”, insistió. Tras los primeros acordes, la cantante comenzó a entonar armoniosamente “Contigo aprendí”. Fue cuando Monzón volvió a ponerse de pie y dirigiéndose a la artista, entre otras cosas, le vociferó: “Gorda, te pedí A mi manera y me salís con esta mierda…”. Al ver semejante situación la joven pareja, disimuladamente, fue ganando la puerta pues en el ámbito se percibía un inminente caos y Diego ya jugaba en la primera de Argentinos Juniors.

Los boxeadores argentinos post Monzón que más admiró Diego fueron Gustavo Ballas y Uby Sacco. Fue justamente en la pelea en la que Uby le ganó el titulo mundial a Gene Hatcher –K.O.T en el 9° asalto el 21-7-1985 en Campioni DÍtalia– cuando Diego me había pedido las entradas para verlo y alentarlo y le dije que estaban a disposición. Un día después y contrariado me pidió disculpas pues el nuevo entrenador del Napoli, Ottavio Bianchi comenzaría la pretemporada y no podía pedir ningún tipo de permisos.

Maradona siempre estuvo muy pendiente de Uby tal como lo reflejara en su brillante nota de la semana pasada nuestro compañero Rodolfo Palacios. También sostuvo una relación solidaria con Gustavo Ballas pues Diego lo ayudó en la agonía cuando Gustavo provocó su propio espanto y luego, cuando superada la droga que frustró su carrera y parte de su vida, Ballas supo llegar hasta el alma de Diego en los oscuros tiempos de la fatal adicción. Aun hoy Gustavo se ocupa con notable eficiencia de ayudar a quienes carecen de fe y convicción para dejar la droga.

Por fin en el 88′, Diego pudo darse el gusto de ver pelear a un argentino por el campeonato del mundo. Este hecho ocurrió el 7 de mayo en Roseto degli Abruzzi. Todo lo arreglé con Guillermo Coppola quien me llamó desde Napoli en nombre de Diego “a quien le gustaría –me dijo– ver a Latigo Coggi”. Fue fácil pues el Jefe de Prensa del combate era el admirado colega Osvaldo Príncipi quien se hallaba, por aquellos años, asistiendo ocasionalmente al promotor Rodolfo Sabbatini.

Grande fue la sorpresa de los amigos Horacio Pagani de Clarín, Bruno Passarelli –por entonces corresponsal de El Gráfico y hoy brillante escritor del blog “futbol, fierros y tango”–, Hugo Basilotta (dueño de alfajores Guaymallén y desinteresado amigo del boxeo desde siempre), el recordado colega Carlos Losauro de La Nación y otros muchachos que ya no están, cuando la noche anterior y en plena cena les dije que vendría Diego, que me lo acababa de confirmar Guillermo.

Maradona, quien manejaba su Mercedes Benz 220 blanca, demoró 2 hs y 20 minutos en cubrir los 310 kilómetros que median entre Nápoles y Roseto degli Abruzzo. Lo acompañaron Guillermo Coppola, el profe Fernando Signorini y un amigo napolitano cuyo nombre no recuerdo. Puesto que arribaron a las 20.20, unas dos horas antes del combate, Diego se fue directo al estadio donde el autor de esta nota lo aguardaba con las entradas (aunque Diego no necesitara de ellas en ningún lugar del mundo y menos en Italia) y encaró para el vestuario de Coggi. Allí estaban su flamante manager Osvaldo Rivero, su maestro Santos Zacarias –quien nos dejó en agosto de 2007– y algunos enviados especiales. Diego llegó hasta donde se hallaba Coggi, se puso frente a él, lo abrazó y le dijo: “Vas a ganar por K.O Látigo, vas a ganar por K.O, toda Argentina confía en vos”. Luego se quitó una cadenita de oro que colgaba de su cuello, la acurrucó en la palma de su mano derecha y con ternura fraternal se la entrego, diciéndole: “Te acompañará siempre, ahora andá y ponelo nocaut”. Fue cuando Coggi recordando tal vez un concepto que Monzón repitió siempre, le respondió: “Diego, el que está enfrente me quiere afanar lo que tengo y también el futuro de mis hijos; no se lo voy a permitir, tranquilo Maestro que lo pongo nocaut…”.

Fue así que antes de acomodarse en su butaca del estadio que estaba expectante por verlo, Diego se sacó algunas fotos con Martincito, el hijo de Latigo quien por entonces tenía 5 años y que hoy es boxeador profesional –37 peleas, 9 perdidas– y comentarista de boxeo de Fox Sport.

Coggi retuvo la corona de los welters juniors ganándole por K.O en el 2° round al coreano Lee Sang Ho y fue a abrazarlo a Diego quien se acercó al encordado. Luego se quedó a cenar con un grupito de amigos en el restaurante Sanio y se quedaron a dormir. Era un tiempo en el cual, otra vez “lesionado”, Diego comenzaba sus conflictos con algunos dirigentes del Nápoli después de tanta gloria y de tanta emoción. En aquel momento en el que fue a ver el combate entre Coggi y Lee Sang Ho, el Nápoli le llevaba 5 puntos de ventaja al Milán, los triunfos sumaban solo dos puntos y restaban por jugarse cinco fechas. Lamentablemente, Napoli se quedó y salió campeón el Milán…

Maradona con Látigo Coggi
Maradona, un fanático del boxeo que siempre estuvo cerca de los protagonistas (Foto: Crédito: Hugo Basilotta)

Este amor de Diego por el boxeo, transmitido por su padre, tiene más capítulos. Se recuerda cuando el profe Fernando Signorini lo llevó a La Pampa, al campo “El Marito”, con el fin de ponerlo a punto para el Mundial 94′. Transcurría el mes de Abril y entre las actividades previstas, Diego abrevó en el gimnasio de un exquisito ex campeón argentino que se llamaba Miguel Ángel Campanino, apodado El Zorro. Fue una estrella del Luna Park de los 70′ que llegó a disputar la corona del mundo de los welters en el 77′ contra Pipino Cuevas en México. Me decía Campanino, quien falleció el 30 de abril de 2018, lo mismo que le manifestó al profe Signorini: “Menos mal que Diego se dedicó al futbol, aprende con una facilidad extraordinaria, tiene la mano muy pesada y si hubiera sido boxeador nos mataba a todos”. Este concepto también lo reiteró el ex campeón mundial de peso mosca Miguel Ángel Laciar con quien Maradona realizó un match de exhibición en el club General Paz Juniors de Córdoba el 3 de Abril de 1996. Se trató de un show, de un solidario tributo a Laciar brillante ex campeón mundial, al cumplirse 25 años de su histórico triunfo ante Pete Mathebula en Soweto, Sudáfrica. Y por cierto, como siempre, con Don Diego a su lado…

Luego la vida le permitió a Diego ayudar a muchos pugilistas necesitados. En la mayoría de los casos lo hizo en silencio y en otros como los mencionados, resultaron públicos.

Lo que jamás olvidaré fue ver su ingreso al Caesar’s Palace aquella noche inmortal de Leonard y Hearns: Diego describía en su rostro redondo y fresco la sonrisa atónita de un niño frente al misterio del mago.

El sueño de Don Diego había sido cumplido: de escuchar boxeo por radio en Fiorito a la glamorosa noche del Caesar’s Palace en Las Vegas…

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